
"Amélie no tiene novio, lo intentó una o dos veces, pero los resultados la desanimaron. En su lugar Amélie ha cultivado un gusto por los pequeños placeres, como… meter la mano en un saco lleno de legumbres… romper la capita de azúcar cristalizado de una crème brulée con una cuchara … verle la cara en la oscuridad en el cine a la gente… lanzar piedras en el canal de San Martin… o tratar de adivinar cuántas parejas están teniendo un orgasmo en ese mismo momento."
En una atmósfera propia de los cuentos de hadas, la verdadera acción transcurre en el corazón de los personajes más que en sus actos, resaltando siempre el valor de las pequeñas cosas, esos pequeños placeres de lo cotidiano a los que pocas veces se presta la suficiente atención. Por eso cada nuevo personaje que entra en la escena es precedido por una descripción de las cosas que le gustan y desagradan. Pequeñas cosas, que de alguna manera componen su Universo.
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